Desprescripción de inhibidores de la bomba de protones y resultados en salud

La prevalencia del uso injustificado de inhibidores de la bomba de protones (IBP) es elevada. Por lo tanto, la suspensión del tratamiento es una estrategia clínica cada vez más habitual, especialmente en pacientes en los que la indicación terapéutica no está clara en lo que respecta al equilibrio entre beneficios y riesgos.

Aunque, en general, los IBP son medicamentos relativamente seguros, su uso a largo plazo se ha asociado con un mayor riesgo de sufrir fracturas osteoporóticas, infecciones intestinales, neumonía, hipomagnesemia, nefritis intersticial o deficiencia de hierro y vitamina B12, entre otros.

En pacientes sin factores de riesgo de hemorragia gastrointestinal, la estrategia de retirada de los IBP parece ser segura en lo que respecta a la mortalidad y los ingresos hospitalarios. Esta es la conclusión de los autores del estudio recientemente publicado por Echevarria et al.

Se diseñó un estudio de casos y controles basado en la población para evaluar los resultados de salud relacionados con la seguridad de la retirada de la prescripción de inhibidores de la bomba de protones (IBP) en pacientes que ya no cumplían los criterios de tratamiento. El resultado primario fue la combinación de muerte o ingreso hospitalario de urgencia. Otros resultados evaluados incluyeron la hemorragia gastrointestinal alta, otros eventos gastrointestinales (úlceras, gastritis u esofagitis), hipomagnesemia, hipocalcemia, deficiencia de hierro, neumonía, infección por *Clostridioides difficile* y fracturas óseas. Se realizaron ajustes por sexo, edad, puntuación de Charlson, ingresos hospitalarios previos, número de visitas a atención primaria en el año anterior y número de medicamentos recetados. Además, se realizó un análisis para describir las trayectorias de los pacientes.

Se incluyó a un total de 28 161 pacientes. Se observó que la interrupción del tratamiento con IBP se asociaba con un efecto protector para el resultado primario (OR = 0,78; IC del 95 %: 0,70-0,88). Este efecto protector se confirmó en ambos sexos. Se observó una mayor incidencia de eventos adversos gástricos, pero no de hemorragia gastrointestinal, y una menor incidencia de deficiencia de micronutrientes, fracturas y neumonía en los pacientes cuya prescripción de IBP se interrumpió.

En pacientes de edad avanzada que toman múltiples medicamentos, el uso de IBP es una práctica habitual. Y es especialmente notable en pacientes hospitalizados. Aparte de la idoneidad de la indicación, el patrón de uso en esta población es predominantemente crónico, y su uso no suele revisarse a pesar de la duración del tratamiento y los cambios en el estado del paciente. Por este motivo, es necesario promover una revisión de la medicación con el fin de considerar su retirada cuando sea adecuado. Esto puede evitar riesgos para una población que, en la mayoría de los casos, ya soporta una carga considerable de morbilidad derivada de otras afecciones y tratamientos.

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Nivel de evidencia y grados de recomendación: análisis de concordancia.

Las guías de práctica clínica (GPC) constituyen una herramienta fundamental para orientar la toma de decisiones en medicina en base a las evidencias. Sin embargo, cuando una guía recomienda una intervención de manera “fuerte”, ¿estamos realmente ante una decisión respaldada por evidencia científica sólida? ¿O estamos asumiendo, quizá sin saberlo, que la certeza de dicha recomendación se corresponde automáticamente con la calidad de la evidencia disponible?

El estudio Level of Evidence and Strength of Recommendations in US Medical Society Clinical Practice Guidelines, 2019–2023: A Cross-Sectional Analysis aborda, precisamente, esta cuestión. Se trata de un estudio transversal que analiza 7.582 recomendaciones incluidas en 309 guías publicadas entre 2019 y 2023 por 23 sociedades médicas en Estados Unidos. El objetivo fue evaluar la concordancia entre dos elementos clave: el nivel de evidencia que respalda una intervención, y la fuerza de recomendación con la que esta se propone en la práctica clínica.

En teoría, ambos parámetros deberían estar alineados: recomendaciones fuertes deberían sustentarse en evidencia de alta calidad, mientras que evidencia limitada debería traducirse en recomendaciones más débiles. Sin embargo, los resultados del estudio sugieren que esta relación no siempre se cumple. Aunque la concordancia global entre LOE y SOR fue moderada, hasta un 73% de las recomendaciones clasificadas como fuertes se basaban en niveles de evidencia inferiores al esperado o no contaban con una asignación clara de calidad de evidencia. En otras palabras, muchas intervenciones que las guías recomiendan con firmeza podrían estar sustentadas en evidencia moderada, débil o incluso en consenso experto.

¿Significa esto que las guías están equivocadas?

No necesariamente. Existen contextos clínicos —como enfermedades graves, situaciones urgentes o escenarios donde la investigación experimental es difícil o éticamente inviable— en los que la formulación de recomendaciones fuertes puede justificarse pese a la ausencia de ensayos clínicos robustos. No obstante, la falta de transparencia en la justificación de esta discordancia puede dificultar la interpretación crítica de las recomendaciones por parte de los clínicos que las aplican.

Dado que las GPC orientan de manera directa la implementación de intervenciones terapéuticas, estas recomendaciones determinan en última instancia la exposición de los pacientes a tratamientos farmacológicos concretos. En este sentido, cabe preguntarse: ¿hasta qué punto algunas estrategias terapéuticas ampliamente utilizadas se apoyan en e un balance beneficio-riego realmente bien establecido? ¿Podría la emisión de recomendaciones fuertes en ausencia de evidencia robusta contribuir, indirectamente, a la adopción de intervenciones cuyo perfil de seguridad no esté plenamente definido?

Reforzar la transparencia en el proceso de elaboración de las recomendaciones, especialmente cuando su fuerza no se corresponde con la calidad de la evidencia disponible, podría facilitar una toma de decisiones más informada y crítica. En última instancia, comprender qué hay detrás de una recomendación no solo permite optimizar la práctica clínica, sino también avanzar hacia una medicina más segura, prudente y verdaderamente basada en la evidencia.

Rocio Rodas

R2. Farmacología Clínica

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Evolocumab antes del primer evento: repensando la prevención cardiovascular

En la práctica clínica solemos clasificar a los pacientes en prevención primaria o secundaria en función de si han tenido o no un evento cardiovascular previo. Es una división útil, pero a menudo simplifica en exceso una realidad mucho más compleja. No todos los pacientes en prevención primaria tienen el mismo riesgo, ni todos parten del mismo punto.

El ensayo clínico VESALIUS-CV, recientemente publicado en The New England Journal of Medicine, aborda precisamente esta zona gris: pacientes sin infarto de miocardio ni ictus previos, pero con aterosclerosis establecida o diabetes de alto riesgo, y con cifras de LDL-colesterol persistentemente elevadas a pesar de tratamiento hipolipemiante optimizado.

El estudio incluyó a más de 12.000 pacientes seguidos durante una mediana de 4,6 años. Todos recibían tratamiento estándar con atorvastatina (con dosis mayor o igual 40mg al día) o rosuvastatina (en dosis mayor o igual a 20 mg al día) o una combinación de una estatina y ezetimiba y fueron aleatorizados a recibir evolocumab o placebo. El objetivo era evaluar si la inhibición de PCSK9 podía reducir la aparición del primer evento cardiovascular mayor en esta población. Se establecieron dos variables principales combinadas de 3 componentes (mortalidad coronaria+IAM+ictus isquémico) o 4 componentes (mortalidad coronaria+IAM+ictus isquémico+revascularización).

Los resultados mostraron que el tratamiento con evolocumab redujo de manera significativa el riesgo de las dos variables combinadas [(HR=0,75; IC95%, 0,65-086), y (HR=0,81; IC95%, 0,73-089) respectivamente]. No se observaron diferencias relevantes en términos de seguridad frente a placebo.

Papel del LDL-colesterol y el factor tiempo

Desde un punto de vista fisiopatológico, los resultados encajan bien con lo que ya sabemos. Evolocumab consiguió reducciones relevantes y sostenidas del LDL-colesterol, alcanzando valores en torno a 45 mg/dl. Cada vez es más evidente que el riesgo cardiovascular depende de la exposición acumulada al LDL a lo largo del tiempo, y no solo de un umbral puntual.

Además, el seguimiento relativamente largo del ensayo es un aspecto clave. La experiencia con estatinas ha demostrado que los beneficios clínicos del descenso del LDL se hacen más evidentes con el paso de los años, especialmente en la reducción de eventos graves. En este sentido, VESALIUS-CV aporta una perspectiva más completa que estudios previos con PCSK9 de menor duración.

¿Cambio de paradigma o ajuste fino?

Probablemente este estudio no implique, al menos de manera inmediata, una extensión del uso de PCSK9 a todos los pacientes en prevención primaria. Pero sí obliga a repensar algunos límites. En pacientes con aterosclerosis documentada o diabetes de muy alto riesgo, que aún no han tenido un acontecimiento mayor, pero se sitúan claramente en el extremo alto del continuo de riesgo, la distinción entre primaria y secundaria deja de ser tan clara.

Desde la farmacología clínica, el mensaje no es tanto “tratar más, sino tratar mejor y antes, a quien realmente lo necesita. Identificar a estos pacientes, valorar el beneficio real y contextualizar en términos de coste, adherencia y preferencias del paciente será clave.

Para terminar

VESALIUS-CV no solo amplía la indicación potencial de evolocumab, aporta una pieza más a algo que ya conocíamos: el LDL-colesterol importa, y mucho, incluso antes del primer evento. Quizá el verdadero cambio no esté en el fármaco, sino en cómo entendemos la prevención cardiovascular: menos binaria, más continua y, sobre todo, más anticipatoria.

Rocio Rodas

R2 Farmacologia Clínica

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