Rituximab en esclerosis múltiple: Ensayo clínico OVERLORD-MS

La esclerosis múltiple remitente-recurrente ha experimentado una auténtica revolución terapéutica desde que se reconoció el papel central de los linfocitos B en la fisiopatología de la enfermedad. Este cambio de paradigma permitió el desarrollo de los anticuerpos anti-CD20 que constituyen hoy una de las estrategias de mayor eficacia para controlar la actividad inflamatoria y cambiar el curso de la enfermedad.

El estudio

En este contexto, el estudio OVERLORD-MS, publicado en The New England Journal of Medicine, responde a una pregunta que llevaba años abierta: ¿existen diferencias significativamente relevantes entre rituximab y ocrelizumab cuando ambos se utilizan como tratamiento inicial en pacientes con esclerosis múltiple remitente-recurrente?

El estudio incluyó 216 pacientes con diagnóstico reciente y actividad inflamatoria documentada, asignados aleatoriamente a recibir rituximab u ocrelizumab durante 24 meses. Se diseñó como un ensayo en fase lll, multicéntrico, doble ciego y de no inferioridad utilizando como variable principal la ausencia de nuevas lesiones o del crecimiento de lesiones en secuencia T2 de resonancia magnética entre los meses 6 y 24, que es un marcador sensible de actividad en esclerosis múltiple.

Los resultados mostraron que rituximab cumplió el criterio predefinido de no inferioridad frente a ocrelizumab. La probabilidad estimada de permanecer libre de nuevas lesiones fue del 92,2 % con rituximab y del 94 % con ocrelizumab, con una diferencia de riesgo de -2,6 puntos porcentuales ( IC 95%, -9,4 a 4,3) sin diferencias relevantes en la tasa anualizada de brotes, la progresión de la discapacidad o el rendimiento cognitivo durante el  seguimiento. El perfil de seguridad también fue comparable, aunque las infecciones leves fueron más frecuentes en el grupo de rituximab.

Cuando el mecanismo biológico explica los resultados

Desde el punto de vista fisiopatológico, estos hallazgos resultan coherentes con el conocimiento actual de la enfermedad. Tanto Rituximab como ocrelizumab son anticuerpos monoclonales que actúan sobre el antígeno CD20, una proteína de superficie presente desde el estadio pre-B tardío hasta los linfocitos B memoria, células que desempeñan un papel esencial en la esclerosis múltiple más allá de la producción de anticuerpos. La depleción de estas poblaciones reduce la presentación de antígenos a los linfocitos T, disminuye la producción de citocinas proinflamatorias y limita la cascada inflamatoria responsable de la desmielinización y daño axonal.

En cierto modo, el ensayo no solo compara dos tratamientos, sino que también confirma la relevancia biológica de una estrategia terapéutica dirigida contra uno de los mecanismos centrales de la enfermedad.

La aportación del estudio

Quizá su mayor valor no resida únicamente en demostrar que rituximab no es inferior a ocrelizumab, sino en el tipo de evidencia que aporta. Hasta ahora la comparación entre ambos fármacos procedía de estudios observacionales propensos a sesgos y factores de confusión. Este ensayo expone por primera vez una comparación directa, aleatorizada y doble ciego entre dos terapias anti-CD20 en pacientes adultos con diagnóstico reciente y actividad reciente de esclerosis múltiple remitente recurrente, reduciendo mucha de la incertidumbre que existía.

Desde la perspectiva de la farmacología clínica, este trabajo pone de manifiesto la importancia de generar evidencia de alta calidad entre alternativas terapéuticas con mecanismos de acción similares y además, permite fundamentar mejor las decisiones clínicas.

Rocio Rodas

R3 Farmacología Clínica

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Efecto de los antidepresivos sobre parámetros cardiometabólicos: un metanálisis

Los antidepresivos pueden producir alteraciones fisiológicas, como cambios en el peso corporal, la presión arterial, la frecuencia cardíaca, el metabolismo glucídico y lipídico, así como alteraciones hepáticas y electrolíticas. Sin embargo, las diferencias entre los distintos antidepresivos en cuanto a estos efectos no están claramente establecidas. El objetivo de este estudio fue comparar y clasificar los distintos antidepresivos según sus efectos adversos fisiológicos mediante la síntesis de datos de ensayos controlados aleatorizados.

En este metanálisis que hoy comentamos, se realizó una búsqueda en MEDLINE, EMBASE, PsyciINFO, ClinicalTrials.gov y la base de datos de la FDA desde el inicio de cada registro hasta abril de 2025. Se incluyeron ensayos clínicos aleatorizados comparativos entre antidepresivos en monoterapia frente a placebo o a otro antidepresivo para el tratamiento agudo de trastornos psiquiátricos en adultos (de 18 años o más). Las patologías incluidas fueron trastorno depresivo mayor (TDM), trastornos de ansiedad, trastorno bipolar, trastornos del sueño, esquizofrenia y adicciones conductuales. Se realizó un metaanálisis de red para evaluar los cambios inducidos por el tratamiento en el peso corporal, colesterol total, glucemia, frecuencia cardíaca, presión arterial sistólica y diastólica, intervalo QT corregido (QTc), sodio, potasio, parámetros hepáticos (AST, ALT y fosfatasa alcalina), bilirrubina, urea y creatinina. Además, se realizaron metarregresiones para explorar la influencia de la edad, el sexo y el peso basal sobre los cambios fisiológicos observados. También se estimó la correlación entre el cambio en la gravedad de los síntomas depresivos y el cambio en los parámetros metabólicos. El protocolo fue registrado en PROSPERO y el estudio siguió la guía PRISMA.

Se incluyeron 151 ensayos clínicos y 17 informes de FDA, con un total de 58.534 participantes (41.937 tratados con antidepresivos y 15.597 con placebo) y 30 antidepresivos evaluados. La edad media fue de 44,7 años, el 62% eran mujeres y la duración del tratamiento fue de 3 a 12 semanas (mediana de 8 semanas). Se observaron diferencias clínicamente relevantes entre los antidepresivos en los efectos metabólicos y hemodinámicos. En el peso corporal, se observaron mayores reducciones con agomelatina (−2,44 kg), fluoxetina (−0,81 kg), bupropion (−0,79 kg), sertralina (−0,76 kg), venlafaxina (−0,74 kg), mientras que los mayores aumentos de peso fueron con maprotilina (+1,82 kg), amitriptilina (+1,60 kg), mianserina (+1,15 kg), fluvoxamina (+0,96 kg) y mirtazapina (+0,87 kg). Sobre el perfil metabólico, se observó aumento del colesterol total con desvenlafaxina, venlafaxina, duloxetina y paroxetina. La duloxetina se asoció a incremento de la glucemia. Estos cambios se produjeron a pesar de que estos fármacos se asociaron a pérdida de peso. En la frecuencia cardíaca y la presión arterial, se observaron diferencias entre antidepresivos, con más de 21 latidos por minuto (lpm) de diferencia entre fluvoxamina (−8,18 lpm) y nortriptilina (+13,77 lpm), más de 11 mmHg de diferencia en presión arterial sistólica entre nortriptilina (−6,68 mmHg) y doxepina (+4,94 mmHg). Duloxetina, desvenlafaxina y levomilnacipran se asociaron a un aumento de AST, ALT y FA, aunque la magnitud de estas alteraciones no se consideró significativa. No se detectaron efectos clínicamente relevantes sobre otros parámetros, como intervalo QT corregido (QTc), sodio, potasio, urea y creatinina. Un mayor peso basal se asoció a incrementos más pronunciados de presión arterial sistólica, AST y ALT, y una mayor edad se asoció con mayores incrementos de glucosa inducidos por antidepresivos. No se observó relación entre la mejoría de los síntomas depresivos y las alteraciones metabólicas inducidas por el tratamiento.

Según los autores, los antidepresivos presentan perfiles fisiológicos y cardiometabólicos claramente diferentes. Existen diferencias clínicamente relevantes entre fármacos en cambio de peso, frecuencia cardíaca, presión arterial y parámetros metabólicos. Estos hallazgos apoyan la necesidad de considerar el perfil cardiometabólico individual de cada paciente al seleccionar un antidepresivo y sugieren que las guías clínicas deberían reflejar mejor estas diferencias entre tratamientos.

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Vacaciones terapéutiques con bifosfonatos y fracturas por fragilidad: nuevos datos

Los bisfosfonatos orales reducen el riesgo de fracturas, pero su uso a largo plazo se asocia con un mayor riesgo de fractura femoral atípica y osteonecrosis mandibular. Esto ha llevado a que las guías recomienden considerar la interrupción del tratamiento (o una pausa terapéutica). Las pruebas que respaldan las pausas terapéuticas son limitadas, con pequeños ensayos de extensión y estudios observacionales heterogéneos. Los investigadores de este estudio, publicado en el BMJ, se propusieron evaluar la asociación entre las fracturas por fragilidad y la interrupción de la prescripción de bisfosfonatos tras tres y cinco años de tratamiento. También exploraron la incidencia de fracturas femorales atípicas y osteonecrosis mandibular tras tres y cinco años de prescripción continuada de bisfosfonatos.

Se diseñó un estudio de casos y controles a partir de dos cohortes anidadas. Los datos se obtuvieron del Clinical Practice Research Datalink Aurum, una base de datos longitudinal anonimizada de historias clínicas electrónicas de atención primaria del NHS, desde el 1 de enero de 1997 hasta el 31 de diciembre de 2022.

Se incluyó a adultos de ≥18 años en la fecha de la primera prescripción de alendronato o risedronato, con datos de atención primaria vinculados a los registros de los hospitales públicos. Los pacientes incluidos en las cohortes de 3 y 5 años debían haber recibido risedronato o alendronato, con una tasa de posesión del medicamento ≥67 %. Tras 3 y 5 años de tratamiento, el seguimiento se prolongó durante 2 años tras la interrupción del tratamiento y se analizó el tiempo hasta el primer evento: fractura por fragilidad, muerte o final del estudio. Los casos fueron aquellos que sufrieron una fractura por fragilidad y se emparejaron con hasta cuatro controles. La variable principal fue la incidencia de fractura por fragilidad tras la interrupción del tratamiento.

Se incluyeron datos de 26.809 y 13.408 pacientes a los que se les habían prescrito bisfosfonatos durante tres y cinco años, respectivamente. No se observó ninguna asociación entre la interrupción de la prescripción de bisfosfonatos y la fractura por fragilidad en aquellos pacientes que recibieron bisfosfonatos durante tres años [RR = 1,02, IC del 95 % (0,85–1,24)] o cinco años (RR = 0,92, IC del 95 %: 0,75–1,13)]. Tras tres y cinco años de prescripción de bisfosfonatos, la incidencia de fracturas femorales atípicas fue de 1,93 (IC del 95 %: 1,55-2,41) y 2,50 (1,92-3,26) por cada 1000 personas-año, respectivamente, Y la incidencia de osteonecrosis de la mandíbula fue de 0,07 (0,02-0,21) y 0,00 por cada 1000 personas-año, respectivamente, en un plazo de dos años.

Los autores concluyeron que no se observó ninguna asociación entre la interrupción del tratamiento con bisfosfonatos y las fracturas por fragilidad tras tres o cinco años de prescripción. La incidencia de fractura femoral atípica u osteonecrosis de la mandíbula fue baja.

Estos resultados respaldan la interrupción del tratamiento de hasta dos años tras tres o cinco años de prescripción de bisfosfonatos con buena adherencia. Se necesitan más estudios para determinar si los pacientes con alto riesgo de fractura por fragilidad también pueden interrumpir de forma segura el tratamiento con bisfosfonatos.

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